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http://ximo.wordpress.com/2009/10/05/ivan-kramskoi-els-ulls-de-russia/
A su izquierda se alzaba una torre. «He aquí un buen sitio. ¿Para qué tengo que ir a la isla Petrovski? Aquí, por lo menos, tendré un testigo oficial.»
Sonrió ante esta idea y se internó en la calle donde se alzaba el gran edificio coronado por la torre.
Apoyado en uno de los batientes de la maciza puerta principal, que estaba cerrada, había un hombrecillo envuelto en un capote gris de soldado y con un casco en la cabeza. Su rostro expresaba esa arisca tristeza que es un rasgo secular en la raza judía.
Los dos se examinaron un momento en silencio. Al soldado acabó por parecerle extraño que aquel desconocido, que no parecía estar borracho, se hubiera detenido a tres pasos de él y le mirara sin decir nada.
-¿Qué quiere usted? -preguntó ceceando y sin hacer el menor movimiento.
-Nada, amigo mío -respondió Svidrigailov-. Buenos días.
-Siga su camino.
-¿Mi camino? Me voy al extranjero.
-¿Al extranjero?
-A América.
-¿A América?
Svidrigailov sacó el revólver del bolsillo y lo preparó para disparar. El soldado arqueó las cejas.
-Oiga, aquí no quiero bromas -ceceó.
-¿Por qué?
-Porque este no es sitio.
-El sitio es excelente, amigo mío. Si alguien te pregunta, tú le dices que me he marchado a América.
Y apoyó el cañón del revólver en su sien derecha.
-¡Eh, eh! -exclamó el soldado, abriendo aún más los ojos y mirándole con una expresión de terror-. Ya le he dicho que éste no es sitio.
Svidrigailov oprimió el gatillo.
Rostand, Edmond. Cyrano de Bergerac, escena 2a, cuadro VIII.
"¿Y qué quieres que haga?
¿Buscarme un protector? ¿Un amo tal vez?
Y como hiedra oscura que sube la pared,
medrando sibilina y con adulación,
¿Cambiar de camisa para obtener posición?
¡No, gracias!
¿Dedicar, si viene al caso, versos a los banqueros?
¿Convertirme en payaso?
¿Adular con vileza los cuernos de un cabestro
por temor a que me lance un gesto siniestro?
¡No, gracias!
¿Desayunar cada día un sapo?
¿Tener el vientre panzón? ¿Un papo
que me llegue a las rodillas
con dolencias pestilentes
de tanto hacer reverencias?
¡No, gracias!
¿Adular el talento de los camelos?
¿Vivir atemorizado por infames libelos
y repetir sin tregua: «Señores,
soy un loro, quiero ver mi nombre
escrito en letras de oro!»?
¡No, gracias!
¿Sentir terror a los anatemas?
¿Preferir las calumnias a los poemas?
¿Coleccionar medallas? ¿Urdir falacias?
¡No, gracias!
¡No, gracias!
¡No, gracias!...
Pero cantar... Soñar... Reír... Vivir... Estar solo...
Ser libre, tener el ojo avizor,
la voz que vibre, ponerme
por sombrero el universo,
por un sí o por un no.
Batirme, o hacer un verso...
Despreciar con valor la gloria y la fortuna,
viajar con la imaginación ¡a la luna!.
Sólo al que vale reconocer los méritos,
no pagar jamás por favores pretéritos,
Renunciar para siempre a cadenas y protocolos.
Posiblemente no volar muy alto
Pero solo..."