La bancaria precaria corre bajo el sol de mayo, apenas dos horas después de haber salido de trabajar. Fibrosa, rubia, no muy alta, sí muy guapa, ignora sin afectacion a todo aquel que la mira en esa ciudad demasiado pequeña, a esas horas propias de recados y cafés, y sigue, esquivando zanjas, abuelas con carrito y furgonetas de reparto.